Chile se fijó la ambiciosa meta de alcanzar la carbononeutralidad en 2050 y, hasta
el momento, ha logrado avances significativos. Según la Agencia Internacional de
Energía (IEA, por sus siglas en inglés), en su reporte Chile 2050 Energy Transition
Roadmap, las energías de bajas emisiones pasaron de representar un 24% del
consumo energético en 2010 a un 38% en 2024, mientras que las energías
renovables generan hoy más de un tercio de la electricidad del país.
Sin embargo, todavía existen barreras en el proceso. La transición energética no
ocurre de un día para otro. Requiere inversiones millonarias, infraestructura,
transmisión eléctrica, almacenamiento y, sobre todo, soluciones que permitan
mantener operativas las industrias críticas mientras avanza el cambio.
Uno de los principales desafíos es el costo. Tecnologías como el hidrógeno o
algunos proyectos eólicos son altamente eficientes, pero aún presentan costos
muy elevados para una adopción masiva inmediata. Una sola turbina eólica
puede costar cerca de US$20 millones. A eso se suma la necesidad de expandir y
modernizar la red eléctrica, que deberá crecer considerablemente en las próximas
décadas para integrar la generación renovable de manera segura y estable.
También existe un problema menos visible, pero igual de importante: generar
energía renovable no siempre implica poder usarla. De acuerdo con la Asociación
Chilena de Energías Renovables y Almacenamiento (ACERA), a marzo de 2026, el
sistema acumulaba cerca de 1.877 GWh de energía renovable recortada, es decir,
energía disponible que no logró ser transportada, almacenada ni consumida.
Por eso, ante todo lo anterior, hablar de transición energética también implica
hablar de realismo operativo.
En industrias como la minería, la logística o el petróleo y el gas, muchas
operaciones se llevan a cabo en zonas aisladas donde simplemente no existe
conexión a la red eléctrica. En esos casos, depender exclusivamente de las
energías renovables todavía no es viable, ya sea por condiciones geográficas,
climáticas o de infraestructura.
Ahí es donde las soluciones intermedias desempeñan un papel fundamental.
Uno de los caminos más concretos consiste en hacer más eficiente la generación
existente. En muchas operaciones fuera de red, el diésel o el gas siguen siendo
inevitables, pero eso no significa que no se puedan reducir las emisiones. Hoy
existen sistemas de combustión optimizados e inyección de gas natural que
permiten disminuir significativamente el consumo de diésel y las emisiones
asociadas sin comprometer la continuidad operacional.
Pasar del diésel al gas no implica abandonar por completo los combustibles
fósiles, pero sí representa un avance importante.
Otro avance relevante son las soluciones híbridas. En campamentos mineros o
faenas ubicadas en zonas extremas, incorporar paneles solares junto a la
generación convencional permite reducir el consumo de combustible y las
emisiones durante ciertas horas del día, mientras que los generadores aseguran
estabilidad y continuidad cuando cambian las condiciones.
La digitalización también se ha vuelto clave. El monitoreo remoto de generadores,
sistemas de enfriamiento y equipos críticos permite optimizar el consumo
energético en tiempo real. Y en eficiencia energética, pequeñas diferencias
generan impactos enormes. Reducir los consumos, aunque sea parcialmente,
implica menores costos y emisiones.
El desafío de la transición energética no consiste en elegir entre crecimiento y
sostenibilidad. El verdadero desafío es encontrar caminos técnicamente viables,
económicamente sostenibles y operacionalmente seguros para avanzar.
La industria no pasará de ser térmica a 100% renovable de inmediato. El camino
será progresivo, combinando nuevas tecnologías, eficiencia, infraestructura y
soluciones híbridas. Lo importante es seguir avanzando, pero hacerlo de manera
responsable, realista y sostenible en el tiempo.













